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<title>Antonia Saavedra Díaz | Updates</title>
<description>Antonia Saavedra Díaz | Updates</description>
<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
<pubDate>Tue, 11 Aug 2026 20:37:54 +0000</pubDate>
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<title>Easter Without Clousure</title>
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<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
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<category>Other writing</category>
<pubDate>Thu, 23 Jul 2026 10:56:03 -0400</pubDate>
<description>Full text can be found at https://lnkd.in/ee2hff4S</description>
<content:encoded>&lt;![CDATA[ &lt;p&gt;A reader found in my piece of fiction a question that also appears every day in gastronomy and hospitality.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;After reading my short story Easter Without Clousure (published in Everyday Fiction), a reader commented that, after living in a country where many products were rationed, returning to a British supermarket filled with choices felt overwhelming.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;I found that fascinating because it connects to a question that goes far beyond fiction:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;At what point does abundance stop feeling like freedom?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;In gastronomy, hospitality and consumer experiences, we often assume that more choice automatically creates a better experience. Yet too many options can also lead to indecision, anxiety and decision fatigue.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;That tension was one of the ideas behind this story.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;What do you think? Does having more choice always lead to a better experience?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;You can read the full story at the link below&lt;/p&gt; ]]&gt;</content:encoded>
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<title>No Pings</title>
<link>https://mariestrella.author-pages.com/other-writings/no-pings</link>
<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
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<category>Other writing</category>
<pubDate>Thu, 23 Jul 2026 10:34:31 -0400</pubDate>
<description>Full text can be found at https://lnkd.in/eNp_s-Kk</description>
<content:encoded>&lt;![CDATA[ &lt;p&gt;The latest issue of The Madrid Review revolves around the sea: pollution, migration, memory, borders, and disappearance.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;My contribution, No Pings, starts from a different question: What happens when the sea stops being a landscape and starts keeping accounts?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Not a force of revenge, but as a patient system that records fuel, plastic, noise, and waste. A system that remembers everything humans leave behind and, sooner or later, restores the balance.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sometimes science fiction is not about inventing monsters.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sometimes it is about imagining that unfinished accounts can learn to look back.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Honoured to be part of issue 8 of The Madrid Review.&lt;/p&gt; ]]&gt;</content:encoded>
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<title>Mari Estrella en Ámsterdam</title>
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<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
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<category>Blog</category>
<pubDate>Sun, 26 Jul 2026 00:00:00 +0000</pubDate>
<description>Blog post.</description>
<content:encoded>&lt;![CDATA[ &lt;p&gt;Mari Estrella llegó a Ámsterdam con la ilusión razonable de quien cree haber reservado unos días en una ciudad civilizada y no una prueba de selección natural sobre adoquines húmedos. Había visto fotografías de canales, fachadas inclinadas con aire de anciano sabio y bicicletas apoyadas contra puentes como detalle pintoresco. Nadie le explicó que las bicicletas no eran un detalle sino que constituían el régimen político.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En Ámsterdam, el peatón no camina con esa ingenua libertad que todavía se enseña en algunos países atrasados. El viandante sobrevive, negocia, calcula trayectorias, hace testamento mental y aprende, con admirable rapidez, que primero pasan las bicicletas, después los tranvías, luego los patinetes, más tarde alguna criatura con casco y vocación de proyectil certificado, y solo al final, si el universo se muestra compasivo y la administración municipal no ha previsto otra humillación, puede cruzar la calle el ser humano que únicamente pretendía no acabar convertido en nota al pie de una guía turística.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mari Estrella viajaba, además, con dos chihuahuas, dos animales tan pequeños que, vistos desde cierta distancia y con un poco de poesía, podían confundirse con pensamientos con patas o con dos comas nerviosas al final de una frase; no ladraban, no molestaban, no reclamaban derechos históricos sobre los canales ni pretendían fundar una asociación ciclista, pero cometían un pecado imperdonable en ciertas geografías morales: existir con correa, respirar en interiores y acompañar a una mujer que, al no ver cartel alguno que prohibiera perros, tuvo la osadía casi revolucionaria de suponer que podía entrar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pronto descubrió que aquella ciudad, tan orgullosa de su libertad reglamentada y de su tolerancia con manual de instrucciones, aceptaba con admirable elasticidad el humo dulce que salía de los coffee shops, los escaparates donde la noche se ofrecía bajo luz de acuario, los turistas que confundían una acera con un escenario de ópera barata y las bolsas de basura abiertas como altares al reciclaje posmoderno; pero dos chihuahuas educados, limpios y probablemente más discretos que muchos visitantes con maleta de ruedas, podían hacer temblar los cimientos mismos de la civilización neerlandesa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En más de un restaurante la dejaron entrar, la sentaron, le dieron la carta y, cuando ya había empezado a creer de nuevo en la bondad humana, esa enfermedad recurrente de los viajeros educados, apareció alguien con gesto de alguacil de comedia antigua, autoridad recién estrenada y una solemnidad que ni los concilios ecuménicos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Dogs… no.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los perros dormían, lo cual demostraba una falta absoluta de colaboración dramática con la acusación; ni gruñían, ni conspiraban, ni tenían aspecto de estar organizando un golpe de Estado gastronómico, pero Mari Estrella comprendió entonces que, para ciertas mentalidades, la amenaza no depende del tamaño, de la conducta ni del sentido común, sino de esa categoría administrativa que convierte a un animal de kilo y medio en problema de seguridad continental.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Luego, después de haber sido exiliados de un restaurante francés fino, de esos donde el pan llega en cesta solemne, el agua aparece como bendición mineral y uno empieza a creer que la civilización todavía conserva cubiertos limpios y cierta fe en el prójimo, vino la odisea de la ensalada César. Ya les habían sentado, ya habían desplegado ese pequeño teatro de bienvenida con migas nobles y vasos transparentes, y justo cuando el cuerpo empezaba a negociar con el hambre una tregua elegante, alguien descubrió la existencia de los chihuahuas como si acabaran de entrar dos lobos ibéricos con antecedentes penales. Hubo que levantarse, claro, abandonar el pan recién concedido y el agua prometida, recoger la dignidad del suelo y salir a la calle con esa cortesía humillante que se reserva a quienes no han hecho nada salvo confiar demasiado en la ausencia de carteles. Después de semejante destierro gastronómico, la ensalada César del siguiente local merecía constar en acta, no por su grandeza culinaria sino por su audacia criminal: la carta prometía una receta clásica y llegó un plato que parecía preparado por alguien enemistado con Roma, con México, con la lechuga y acaso con la digestión humana; el pollo tenía la tristeza de los lunes sin café, la salsa había abdicado de toda dignidad y el aceite desprendía ese perfume heroico de las cosas que, habiendo cumplido ya su ciclo vital, insisten en seguir opinando desde el plato.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Creo que esto no está bien —dijo Mari Estrella, todavía confiando en el diálogo, esa superstición mediterránea según la cual una persona puede señalar un desastre sin que el desastre se declare tradición local.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La camarera contempló el plato como quien observa una obra de arte incomprendida por una clienta sin la preparación espiritual necesaria para apreciar el rancio esplendor de la vanguardia aceitosa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Añádale aceite y vinagre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aquello no era una solución, desde luego, sino una declaración de guerra al paladar y a varios tratados internacionales sobre la esperanza; era como recomendar a un violín desafinado que tocara más alto o a una inundación que se arreglara echando agua. Mari Estrella no comió, aunque le cobraron la mitad, porque incluso el asco, en ciertas ciudades con pretensiones de eficiencia, parece disponer de tarifa reducida y código fiscal propio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y, sin embargo, Ámsterdam no era solo eso. Las ciudades, como los personajes de las novelas largas, rara vez son coherentes. Entre la arrogancia de unos y la indiferencia de otros, aparecían de pronto pequeñas tabernas donde alguien sonreía al ver a los perros, traía agua sin convertirlo en trámite diplomático y servía una sopa honrada, unas bitterballen crujientes o una cerveza con sabor a pan tostado. La hospitalidad seguía viva, pero se escondía como si tuviera miedo de ser multada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Durante aquellos días, la ciudad celebraba el Orgullo: las banderas colgaban de puentes y fachadas, la música llenaba las calles y todo proclamaba apertura, inclusión y modernidad con esa convicción tan fotogénica que tienen las ciudades cuando se miran en sus propios carteles. Mari Estrella, que no era enemiga de las banderas sino de las contradicciones con presupuesto municipal, se preguntó si una ciudad puede llamarse tolerante cuando trata mejor a sus consignas que a sus visitantes; porque la tolerancia, si todavía significa algo, no consiste en decorar balcones, sino en no humillar al que llama a la puerta con dos chihuahuas pequeños y, para mayor escándalo, no encuentra un solo aviso que diga claramente que allí la hospitalidad termina donde empieza la correa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;También el suelo tenía su discurso. Vasos, latas, envoltorios y bolsas abiertas componían una instalación urbana sobre la distancia entre la propaganda verde y la realidad pegajosa. Quizá aquel era el verdadero reciclaje avanzado: tirarlo todo al suelo para que otro ciudadano, menos visible y peor pagado, completara la fantasía sostenible.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La última broma, como corresponde a toda comedia cruel bien organizada, llegó en el aeropuerto: el vuelo estaba completo, había sobreventa, había que esperar, había que sonreír con resignación ante esa liturgia contemporánea en la que el pasajero paga por adelantado para descubrir después si la aerolínea lo considera persona, bulto o hipótesis logística; y los perros, autorizados desde Madrid con todos sus papeles, dejaron de estar autorizados por el simple prodigio metafísico de encontrarse en otro mostrador.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Esto no es Madrid —dijo la azafata de cara de pocos amigos, como si hubiera pronunciado una tesis doctoral.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y así empezó la procesión: maletas abiertas, papeles mostrados como reliquias, transportines examinados con gravedad de tribunal, colas que crecían como penitencias, silencios profesionales y empleados que parecían entrenados en el noble arte de no resolver nada hasta que el pánico hace el trabajo que no hizo la organización. Cuando ya llamaban al embarque, los billetes aparecieron de pronto, impresos en segundos, sin explicación ni disculpa, como milagros burocráticos de baja intensidad concedidos por un santo patrono de los mostradores.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mari Estrella subió al avión con los chihuahuas, el hambre antigua de quien ha sobrevivido a una ensalada enemiga y una certeza punzante: las ciudades no se conocen por sus canales, sus museos ni sus campañas de libertad cuidadosamente iluminadas, sino por la forma en que tratan al cansado, al extranjero, al que pregunta, al que protesta y al que viaja con dos criaturas diminutas que no piden nada salvo no ser tratadas como contrabando emocional ni como amenaza al orden público de una terraza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Ámsterdam era hermosa, sí, de eso no cabía duda; hermosa como ciertas personas que han aprendido a posar muy bien, a decir las palabras correctas y a escuchar muy poco cuando la realidad les desordena el escaparate. Y quizá por eso Mari Estrella la recordó con tanta nitidez: porque las ciudades perfectas se olvidan pronto, pero las que te irritan con talento, las que se proclaman libres mientras te pasan por encima en bicicleta, acaban escribiéndose solas y, si una tiene suerte, cobrando la mitad por el disgusto.&lt;/p&gt; ]]&gt;</content:encoded>
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<title>Why Fine Dining Is Losing Its Soul (And What We Can Learn From It)</title>
<link>https://mariestrella.author-pages.com/blog/why-fine-dining-is-losing-its-soul-and-what-we-can-learn-from-it</link>
<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
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<category>Blog</category>
<pubDate>Fri, 24 Jul 2026 00:00:00 +0000</pubDate>
<description>Blog post.</description>
<content:encoded>&lt;![CDATA[ &lt;p&gt;There are certain subjects upon which humanity has displayed such unwavering confidence that one hesitates to question them, not because they have been conclusively settled, but because everyone appears so delightfully occupied pretending that they have. Fine dining, I have increasingly come to suspect, belongs to this distinguished collection of agreeable misunderstandings.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Somewhere, although nobody seems able to identify the precise afternoon on which it happened, the simple ambition of serving an unforgettable meal quietly abandoned the dining room without announcing its departure, leaving in its place an ambitious cousin whose principal occupation consists of arranging edible objects into increasingly improbable geometries while hoping that at least one of them will be photographed before it grows cold.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;One imagines that, hidden beneath the immaculate stainless steel of some anonymous culinary laboratory, there must exist a Ministry of Astonishment, staffed by earnest officials whose solemn responsibility is to ensure that no guest ever encounters the dangerous tranquillity of recognising dinner as dinner. Their regulations, no doubt drafted with impeccable bureaucratic seriousness, must require that every plate arrive concealed beneath smoke, balanced upon a stone imported from an island whose greatest export is apparently decorative pebbles, or suspended from a branch thoughtfully rescued from whatever tree had the misfortune of growing near the purchasing department.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;The food, naturally, is expected to participate in this spectacle with the dignified patience of an actor who gradually realises that the audience has spent the entire performance admiring the curtains.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;There was, however, another understanding of hospitality, one so unfashionably modest that it rarely demanded applause. It proposed the almost revolutionary notion that the highest achievement of a cook was not to astonish the diner into silence through theatrical ingenuity, but to persuade them, by means of flavour alone, that for a few blessed moments the world outside the restaurant had ceased to deserve their immediate attention.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;This, I realise, is a disappointingly unprofitable philosophy in an age where a million people may admire a photograph of a plate they shall never taste, while the memory of an extraordinary sauce continues its hopeless refusal to appear on Instagram with the same enthusiasm as a cloud of dry ice.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;The tragedy is not that modern chefs have become less talented. On the contrary, they possess techniques that would have appeared miraculous to many of their predecessors. The tragedy is subtler, and therefore considerably more dangerous. Somewhere along the road, technique quietly promoted itself from faithful servant to self-appointed monarch, while flavour, hospitality and pleasure accepted the humiliating position of ceremonial advisers whose opinions are politely requested shortly after the important decisions have already been taken.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A Final Thought&lt;/p&gt;&lt;p&gt;If you’ve read this far, perhaps you suspect—as I do—that food has never really been only about food.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;It has always been about vanity and generosity, rituals and absurdities, ambition and affection, and those curious moments in which a single meal manages to reveal more about human nature than an entire shelf of sociology books.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Those are precisely the questions that inspired my novel, What Mari Is Cooking and the Farce Served upon a Golden Platter. It is not a cookbook, although food appears on nearly every page. It is a satirical novel about fine dining, human ambition, and the strange theatre we build around both.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;If essays like this are your cup of tea, you might enjoy the novel as well.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;And if you’d like to receive future essays on gastronomy, hospitality, literature, and the wonderfully ridiculous habits of modern society, I’d be delighted if you joined my newsletter.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No algorithms. No spam. Just occasional thoughts worth serving while still warm.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br&gt;&lt;/p&gt; ]]&gt;</content:encoded>
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<title>Why I Write Stories That Don&#39;t Fit Into a Single Genre</title>
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<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
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<category>Blog</category>
<pubDate>Thu, 23 Jul 2026 00:00:00 +0000</pubDate>
<description>Blog post.</description>
<content:encoded>&lt;![CDATA[ &lt;p&gt;Most stories ask readers to choose a genre. I prefer to ask them a question.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;My novels may begin in a kitchen, in a dystopian city, or on a road between Madrid and Paris. They may include gastronomy, satire, artificial intelligence, literary adventure, or magical realism. But they all share the same purpose: to explore the strange ways people search for meaning.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;In What Mari Is Cooking, I ask whether the world’s greatest recipe was ever about food. &lt;/p&gt;&lt;p&gt;In The Platform, I ask what happens when an algorithm knows us better than we know ourselves.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Every book will be different. The questions behind them will always be connected.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br&gt;&lt;/p&gt; ]]&gt;</content:encoded>
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<title>Thank you, Readers!</title>
<link>https://mariestrella.author-pages.com/updates/thank-you-readers</link>
<dc:creator>Antonia Saavedra Díaz</dc:creator>
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<category>Update</category>
<pubDate>Thu, 23 Jul 2026 00:00:00 +0000</pubDate>
<description>Update post.</description>
<content:encoded>&lt;![CDATA[ &lt;p&gt;&lt;em&gt;Embedded Youtube video removed, see original post to watch.&lt;/em&gt;&lt;br&gt;&lt;br&gt;Thank you to everyone who has supported my books. &lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;What Mari is Cooking&lt;/em&gt; has already reached more than 1,000 readers during its recent promotion.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;More stories are on the way!&lt;/p&gt; ]]&gt;</content:encoded>
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