July 26, 2026
Mari Estrella en Ámsterdam

Mari Estrella llegó a Ámsterdam con la ilusión razonable de quien cree haber reservado unos días en una ciudad civilizada y no una prueba de selección natural sobre adoquines húmedos. Había visto fotografías de canales, fachadas inclinadas con aire de anciano sabio y bicicletas apoyadas contra puentes como detalle pintoresco. Nadie le explicó que las bicicletas no eran un detalle sino que constituían el régimen político.

En Ámsterdam, el peatón no camina con esa ingenua libertad que todavía se enseña en algunos países atrasados. El viandante sobrevive, negocia, calcula trayectorias, hace testamento mental y aprende, con admirable rapidez, que primero pasan las bicicletas, después los tranvías, luego los patinetes, más tarde alguna criatura con casco y vocación de proyectil certificado, y solo al final, si el universo se muestra compasivo y la administración municipal no ha previsto otra humillación, puede cruzar la calle el ser humano que únicamente pretendía no acabar convertido en nota al pie de una guía turística.

Mari Estrella viajaba, además, con dos chihuahuas, dos animales tan pequeños que, vistos desde cierta distancia y con un poco de poesía, podían confundirse con pensamientos con patas o con dos comas nerviosas al final de una frase; no ladraban, no molestaban, no reclamaban derechos históricos sobre los canales ni pretendían fundar una asociación ciclista, pero cometían un pecado imperdonable en ciertas geografías morales: existir con correa, respirar en interiores y acompañar a una mujer que, al no ver cartel alguno que prohibiera perros, tuvo la osadía casi revolucionaria de suponer que podía entrar.

Pronto descubrió que aquella ciudad, tan orgullosa de su libertad reglamentada y de su tolerancia con manual de instrucciones, aceptaba con admirable elasticidad el humo dulce que salía de los coffee shops, los escaparates donde la noche se ofrecía bajo luz de acuario, los turistas que confundían una acera con un escenario de ópera barata y las bolsas de basura abiertas como altares al reciclaje posmoderno; pero dos chihuahuas educados, limpios y probablemente más discretos que muchos visitantes con maleta de ruedas, podían hacer temblar los cimientos mismos de la civilización neerlandesa.

En más de un restaurante la dejaron entrar, la sentaron, le dieron la carta y, cuando ya había empezado a creer de nuevo en la bondad humana, esa enfermedad recurrente de los viajeros educados, apareció alguien con gesto de alguacil de comedia antigua, autoridad recién estrenada y una solemnidad que ni los concilios ecuménicos.

—Dogs… no.

Los perros dormían, lo cual demostraba una falta absoluta de colaboración dramática con la acusación; ni gruñían, ni conspiraban, ni tenían aspecto de estar organizando un golpe de Estado gastronómico, pero Mari Estrella comprendió entonces que, para ciertas mentalidades, la amenaza no depende del tamaño, de la conducta ni del sentido común, sino de esa categoría administrativa que convierte a un animal de kilo y medio en problema de seguridad continental.

Luego, después de haber sido exiliados de un restaurante francés fino, de esos donde el pan llega en cesta solemne, el agua aparece como bendición mineral y uno empieza a creer que la civilización todavía conserva cubiertos limpios y cierta fe en el prójimo, vino la odisea de la ensalada César. Ya les habían sentado, ya habían desplegado ese pequeño teatro de bienvenida con migas nobles y vasos transparentes, y justo cuando el cuerpo empezaba a negociar con el hambre una tregua elegante, alguien descubrió la existencia de los chihuahuas como si acabaran de entrar dos lobos ibéricos con antecedentes penales. Hubo que levantarse, claro, abandonar el pan recién concedido y el agua prometida, recoger la dignidad del suelo y salir a la calle con esa cortesía humillante que se reserva a quienes no han hecho nada salvo confiar demasiado en la ausencia de carteles. Después de semejante destierro gastronómico, la ensalada César del siguiente local merecía constar en acta, no por su grandeza culinaria sino por su audacia criminal: la carta prometía una receta clásica y llegó un plato que parecía preparado por alguien enemistado con Roma, con México, con la lechuga y acaso con la digestión humana; el pollo tenía la tristeza de los lunes sin café, la salsa había abdicado de toda dignidad y el aceite desprendía ese perfume heroico de las cosas que, habiendo cumplido ya su ciclo vital, insisten en seguir opinando desde el plato.

—Creo que esto no está bien —dijo Mari Estrella, todavía confiando en el diálogo, esa superstición mediterránea según la cual una persona puede señalar un desastre sin que el desastre se declare tradición local.

La camarera contempló el plato como quien observa una obra de arte incomprendida por una clienta sin la preparación espiritual necesaria para apreciar el rancio esplendor de la vanguardia aceitosa.

—Añádale aceite y vinagre.

Aquello no era una solución, desde luego, sino una declaración de guerra al paladar y a varios tratados internacionales sobre la esperanza; era como recomendar a un violín desafinado que tocara más alto o a una inundación que se arreglara echando agua. Mari Estrella no comió, aunque le cobraron la mitad, porque incluso el asco, en ciertas ciudades con pretensiones de eficiencia, parece disponer de tarifa reducida y código fiscal propio.

Y, sin embargo, Ámsterdam no era solo eso. Las ciudades, como los personajes de las novelas largas, rara vez son coherentes. Entre la arrogancia de unos y la indiferencia de otros, aparecían de pronto pequeñas tabernas donde alguien sonreía al ver a los perros, traía agua sin convertirlo en trámite diplomático y servía una sopa honrada, unas bitterballen crujientes o una cerveza con sabor a pan tostado. La hospitalidad seguía viva, pero se escondía como si tuviera miedo de ser multada.

Durante aquellos días, la ciudad celebraba el Orgullo: las banderas colgaban de puentes y fachadas, la música llenaba las calles y todo proclamaba apertura, inclusión y modernidad con esa convicción tan fotogénica que tienen las ciudades cuando se miran en sus propios carteles. Mari Estrella, que no era enemiga de las banderas sino de las contradicciones con presupuesto municipal, se preguntó si una ciudad puede llamarse tolerante cuando trata mejor a sus consignas que a sus visitantes; porque la tolerancia, si todavía significa algo, no consiste en decorar balcones, sino en no humillar al que llama a la puerta con dos chihuahuas pequeños y, para mayor escándalo, no encuentra un solo aviso que diga claramente que allí la hospitalidad termina donde empieza la correa.

También el suelo tenía su discurso. Vasos, latas, envoltorios y bolsas abiertas componían una instalación urbana sobre la distancia entre la propaganda verde y la realidad pegajosa. Quizá aquel era el verdadero reciclaje avanzado: tirarlo todo al suelo para que otro ciudadano, menos visible y peor pagado, completara la fantasía sostenible.

La última broma, como corresponde a toda comedia cruel bien organizada, llegó en el aeropuerto: el vuelo estaba completo, había sobreventa, había que esperar, había que sonreír con resignación ante esa liturgia contemporánea en la que el pasajero paga por adelantado para descubrir después si la aerolínea lo considera persona, bulto o hipótesis logística; y los perros, autorizados desde Madrid con todos sus papeles, dejaron de estar autorizados por el simple prodigio metafísico de encontrarse en otro mostrador.

—Esto no es Madrid —dijo la azafata de cara de pocos amigos, como si hubiera pronunciado una tesis doctoral.

Y así empezó la procesión: maletas abiertas, papeles mostrados como reliquias, transportines examinados con gravedad de tribunal, colas que crecían como penitencias, silencios profesionales y empleados que parecían entrenados en el noble arte de no resolver nada hasta que el pánico hace el trabajo que no hizo la organización. Cuando ya llamaban al embarque, los billetes aparecieron de pronto, impresos en segundos, sin explicación ni disculpa, como milagros burocráticos de baja intensidad concedidos por un santo patrono de los mostradores.

Mari Estrella subió al avión con los chihuahuas, el hambre antigua de quien ha sobrevivido a una ensalada enemiga y una certeza punzante: las ciudades no se conocen por sus canales, sus museos ni sus campañas de libertad cuidadosamente iluminadas, sino por la forma en que tratan al cansado, al extranjero, al que pregunta, al que protesta y al que viaja con dos criaturas diminutas que no piden nada salvo no ser tratadas como contrabando emocional ni como amenaza al orden público de una terraza.

Ámsterdam era hermosa, sí, de eso no cabía duda; hermosa como ciertas personas que han aprendido a posar muy bien, a decir las palabras correctas y a escuchar muy poco cuando la realidad les desordena el escaparate. Y quizá por eso Mari Estrella la recordó con tanta nitidez: porque las ciudades perfectas se olvidan pronto, pero las que te irritan con talento, las que se proclaman libres mientras te pasan por encima en bicicleta, acaban escribiéndose solas y, si una tiene suerte, cobrando la mitad por el disgusto.