Mari Estrella llegó a Ámsterdam con la ilusión razonable de quien cree haber reservado unos días en una ciudad civilizada y no una prueba de selección natural sobre adoquines húmedos. Había visto fotografías de canales, fachadas inclinadas con aire de anciano sabio y bicicletas apoyadas contra puentes como detalle pintoresco. Nadie le explicó que las bicicletas no eran un detalle sino que constituían el régimen político.
En Ámsterdam, el peatón no camina con esa ingenua libertad que todavía se...